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9 de noviembre de 2017

Atravesando caminos


Y sí. Después de seis años y 50 y pico de posteos, en algún momento iba a pasar. Por primera vez, en este blog, voy a hablar de una banda de la que ya había hablado antes. Y es que pocas veces me pasó poder ver o apreciar, el camino recorrido por una banda desde sus comienzos. Ver como se desarrolla. Como crece. Claro que uno siempre puede leerlo, investigarlo o consultarlo. Y que por mi fanatismo y melomanía lo hice y lo hago (y cualquiera puede hacerlo hoy gracias a las nuevas tecnologías) con las bandas que uno va conociendo.
Pero se siente distinto cuando se ve y conoce (descubre) a una banda, desde que arranca a dar sus primeros pasos. Tener la posibilidad de ver los primeros recitales, escuchar las nuevas canciones que van surgiendo, verlos en escenarios chicos y grandes. Es algo difícil de explicar. Pero es como una mezcla de orgullo y felicidad a la vez, por el crecimiento artístico de esa banda.
Mucho más, si uno conoce a esos músicos, y con el tiempo, logra entablar una relación de amistad. Donde además se puede ver el esfuerzo de cada integrante por llevar adelante un proyecto, una idea. En este caso: una banda de rock.
Hormigón Armado es una banda que empezó su camino hace 10 años y que hoy como festejo de esos 10 años (y cierre de una primer etapa) saca su primer disco.
Donde hubo cambios en su formación y donde cada integrante que fue pasando, aportó y sumó algo a este proyecto, que permitió llegar hoy a tener este resultado. Llegar a ser lo que es hoy Hormigón Armado.


Desde la potencia y firmeza de Lucas golpeando la batería y la velocidad y agilidad de Fiorella en el bajo. Al virtuosismo de Helmut, con guitarras filosas y punzantes y la voz tronadora y armónica de Otto.
10 años de sacrificio. De fortalecimiento. De escenarios. De canciones y melodías. Pero sobre todo 10 años de Rock. Y como una paradoja (quizás) su primer disco contiene 10 canciones que de alguna manera sintetizan estos años de trabajo. “Rock al frente”.
Quizás lo más destacable sea, que este largo camino, siempre lo recorrieron desde la autogestión. Desde la independencia. Con todo lo que eso implica y que fue mencionado en varias oportunidades en este blog.
Algo ya había mencionado antes de las canciones, pero es que en esa búsqueda constante (que tiene todo artista), en donde las canciones van tomando nuevas formas. Y el grabar un disco permite repensar y remodelar esas canciones.
Los sonidos espaciales. Los distintos efectos de la guitarra, que crean ambientes diferentes para cada una de las canciones. Los estallidos de la voz. Los arreglos de voces, con ecos y coros que refuerzan el concepto de cada una. Los bajos galopantes y bien marcados. Las potentes bases de batería.
Con una apertura bien arriba, con la tremenda “Amnesia” (“se despliega el naranja en el cielo, como un recuerdo que tengo desde la eternidad”) o la más tranquila “Perro Hiena”. “Ácido y electricidad” (“Los rayos me llevaron mas allá, las ruinas están muy bien atrás”), con guitarras que parecen venir de diferentes lados, “Camino de espinas” con una intro acústica que se transforma en una descarga de distorsión o el cover de la canción de Sumo, “Estallando desde el océano” con su riff de bajo a lo largo de la canción y una lluvia de guitarras que revientan los parlantes.
Un disco que tranquilamente puede acompañar un viaje hacia un lugar por una ruta cualquiera. Hormigón Armado. Perseverancia, Rock y buenas canciones.

 Animal en extinción - Hormigón Armado

9 de octubre de 2017

Espíritus Ardientes

La conexión entre banda y público es algo muy importante para el desarrollo de un artista. Lograr conectar, llegar a una cierta cantidad de personas. Tocar una fibra en su interior. Algo que conmueva, o movilice. No es tarea sencilla, claro está. Plantarse arriba de un escenario, tocar sus canciones y dejar que fluya. Que el público se olvide por un momento de otras cosas y se deje llevar por la música, las canciones y las melodías. Cantar, bailar, saltar, aplaudir o alentar. Son pocas (o por lo menos no muchas), las bandas pueden lograrlo. Los Espíritus pueden hacerlo.
Con Maxi Prietto, en guitarra y voces, a la cabeza, desde el lanzamiento de su primer disco homónimo en 2013, (previo lanzamiento de 3 EPs), traían un blues psicodélico con guitarras y percusiones. Con canciones como “Lo Echaron del Bar” que remitía un poco a su anterior agrupación (Prietto viaja al cosmos con Mariano) y que mostraba una parte de lo que luego consolidarían como estilo propio. Otras como “Noches de verano” con una impronta más rockera (con el uso de los slides), que comienza con  un riff inicial, al que enseguida se suma la guitarra acústica y dice que “para ser bueno, hay que hacer el mal, pero a escondidas”.
En “Los desamparados”, una de las más lentas del disco, invita al coro general, con su única estrofa que dice en el final “En cada galaxia hay una mañana abriéndose”. La distorsión, un poco sucia, funciona  como puente en medio de la canción.
Los Espíritus, que se completan con Santiago Moraes (Guitarra acústica y voces), Pipe Correa (Batería), Fernando Barreyro (Percusión), Martin Fernández Batmalle (Bajo) y Miguel Mactas (Guitarras), siguieron haciendo canciones, y dos años después sale a la luz “Gratitud” (2015).


Que incluye “Vamos a la luna” con una introducción psicodélica, gracias a las guitarras eléctricas, con diferentes sonidos cuasi setentosos. O la que da título al disco, con arranque instrumental y las guitaras jugando entre sí, para que, de golpe, un cambio de ritmo la transforme en una melodía más lenta, para luego retomar su ritmo frenético. Como un subibaja coordinado y guiado tal vez, por la distorsión de las guitarras.
Con pasajes de voces que se escuchan lejos, como gritando su mensaje y la guitarra acústica siempre presente. Con un rasgueo bien marcado, furioso a veces y delicado en otras, se van sucediendo las canciones del disco. Algunas lentas, como “Mares”, con la voz como cansina de Maxi, en este rock que establece “A mi modo de ver las cosas, todos estaríamos mejor, si miráramos en los ojos de esos mares” y otras con letras más directas como “Negro chico” (“Se sube al tren en movimiento, y los vagones se pone a cruzar con una mano pide plata la otra los mocos meta sacar”).
Con el más reciente “Agua ardiente” (2017) terminan de afirmarse en la escena independiente. Con un estilo ya forjado, en donde las guitarras aparecen con efectos psicodélicos y las voces repartidas entre Maxi y Santiago, dándole colores diferentes a las canciones, que adquieren una impronta propia, con emociones distintas, como en “Huracanes”, o “Las armas las carga el diablo” con otra letra bien clara (“las armas las carga el diablo y las descarga algún oficial, si le anda la lapicera le agrega al diario el titular”) y una melodía lenta y melancólica. Otras más movidas como “La rueda que mueve al mundo”, “El viento” (casi un rockabilly)  o “Jugo”(con la guitarra eléctrica en su máxima expresión), demuestran la diversidad de matices que tiene la banda y como pueden llevarlos adelante sin perder su propio estilo.
Las canciones de Los Espíritus son claras. Se escucha su instrumentación. Las guitarras, las percusiones. Todo parece estar ensamblado en su lugar justo. Hasta las letras, que después de escucharlos se pueden seguir repitiendo esas frases. Dejarse llevar por el viaje que proponen Los Espíritus, ya sea en vivo o a través sus discos. Sentir como uno comienza a moverse en el lugar, como movido por una extraña oleada. Es casi inevitable. Cantar, aplaudir, moverse. Música nueva y de la buena.

"Jugo" - Los Espíritus

11 de julio de 2017

Un Espíritu blusero

Escribir este blog por diversión, tiene ciertas cosas interesantes. Por un lado, porque no existe la presión de tener que escribir sobre tal o cual banda en particular. Tampoco hay tiempos que presionen, como en alguna revista u otro tipo de publicación. Sí, siempre está la presión por intentar superarse a uno mismo, y tratar de expresarse lo mejor posible. Pero ahí también está la cuestión, esa libertad para elegir temas y espacios de tiempo para escribir, llevan a que, quien escribe, “cuelgue” un poco, y pase mucho tiempo entre posteo y posteo. En fin…
Las raíces bluseras en nuestro país tienen ya muchos años. Tal es así, que hasta forjó una identidad propia. Dándole un toque particular, un sonido diferente, que está presente en muchos de los discos clásicos de nuestro rock nacional. Claro está, que al ser un género con tantos años, y del cual todo el tiempo están surgiendo bandas y grupos nuevos, es difícil (a veces) encontrar algo que se destaque. Pero siempre hay gente dispuesta a buscarle una vuelta de tuerca al asunto. Salirse de la línea. Probar. Experimentar. Y obtener buenos resultados.
Como en el disco “Prietto” (2015) de Maxi Prietto. Un disco blusero aunque con ciertos toques que lo hacen destacarse. Maxi Prietto (Los Espíritus, Prietto viaja al cosmos con Mariano) venía editando desde hace unos años (y sigue haciéndolo) algunos discos y Eps como solista. En este caso se le suman Pipe Correa (Los Espíritus) en batería, Damián Manfredi en contrabajo y Miguel Tennina en piano.


Con una instrumentación bien minimalista, casi como el título del disco. Un contrabajo, una guitarra y unas percusiones (mas algunas sutiles teclas) tal como lo reza la tapa, Prietto nos conduce por un viaje de blues, psicodelia y algún que otro bolero, pero a la vez mantiene un espíritu callejero y desfachatado.
Con el riff inicial de “Vívelo” y una voz que suena con un eco, que dice simplemente “Vívelo, no preguntes vívelo”  da comienzo a este disco.
La voz suena entre desgastada y arrabalera en cada canción, un sello con el que Maxi trasmite perfectamente la nostalgia, de temas como el bolero “Ay corazón” (“Ay, corazón , no vale la pena sufrir por tu adiós”), o “Estás lejos” (“voy a buscarte en un sueño, voy a buscarte en las aguas del día”).
También están los instrumentales “La 844” o “Sueños de Machagai”, que tiene ciertos aires jazzísticos, donde hay lugar para que la guitarra explote sobre bases bien marcadas. Aparece la rápida “Perros de hospital”, en la que se puede recordar su proyecto anterior “Prietto viaja al Cosmos con Mariano”. Mientras que “Trae Orden” es un blues, en donde las bases son bien contundentes y que, en el final, las guitarras suben y bajan por escalas, sobre una lluvia de platillos y teclas, para dar cierre al  disco.
Las percusiones suaves y el sonido lo-fi/garagero del disco, recuerda a aquellos discos de antaño. La guitarra suena limpia, casi sin efectos, con amplificadores que parecen saturados. Da la idea de estar escuchando a una banda que grabó un disco en vivo, en algún barcito de un callejón.
Así como decía el primer tema del disco. Vivirlo. Sin preguntar. De eso se trata. No busques la vuelta. Solamente escuchalo.

Prietto - Prietto (Album)

12 de mayo de 2017

Monstruos Budas

Alguna vez leí que la música está muy relacionada con la matemática. Sucesiones, escalas, ritmos. Todo eso puede entrar a mezclarse y dar sus frutos. Pero también se sabe, que en la música, no siempre 2 + 2 es 4.
Qué pasaría si se juntaran músicos de diferentes palos (ámbitos) para formar un supergrupo, que a su vez, no encaja con lo que cada uno hace por su cuenta. Una mezcla. Una fusión de estilos. 
Formados allá por 2013, algunos músicos provenientes del palo del jazz, deciden armar algo que quizás se salía un poco del género en cual se desarrollaba cada uno. Tal es así, que resultaba muy difícil definirlos. Una jazz band para tocar en algún festival. Puede ser. Una mega banda de rock para tocar en un teatro. También. 
Octafonic. Algo así como un monstruo musical de muchas cabezas. A veces 8, a veces 9, a veces 7.
Además del virtuosismo de cada uno de sus músicos, que se ve reflejado en las canciones, y se puede apreciar en las distintas capas sonoras que tiene cada una, hay una potencia extrema. La suma de todos, que hace que el sonido sea tan particular, se amplifique y guste.
Las letras son en inglés. Pero esto, no tiene que ver con un mensaje directo, en particular, que se quiera trasmitir, sino por una cuestión sonora. Con el sonido de las palabras. Los juegos de palabras y hasta a veces la mezcla de varios idiomas.
Nicolás Sorín, un músico (que estudió con Brookmeyer, entre otros) en que la palabra “variedad” se quedaría corta. Participó activamente en orquestas sinfónicas y Bigs Bands, hizo música de películas y para obras de teatro, armó y formó/a parte algunos grupos de jazz (Sorín Octeto, Fernández 4) y bandas de rock como Elbou y además es arreglador y productor de diversos artistas. Empezó a gestar esta idea, luego de un viaje a la Antártida. Una nueva idea. Un nuevo grupo. 
Con esto llegaría “Monster” (2014), en donde a Sorín en voz y teclados se le suman Cirilo Fernández (Fernández 4, Elbou) en bajo, Pedro Rossi (Pedro Rossi Trío) en guitarra, Esteban Sehinkman (Pájaro de fuego) en teclados, Ezequiel Piazza (Boris Big Band, Javier García Trío) en batería, Juan Manuel Alfaro en saxo alto, Leo Paganini en saxo tenor, Francisco Huici en saxo barítono y Mariano Bonadío (Alelí Cheval) en drum pad y percusión.


Las voces con efectos. Ecos. Algunos rapeos. Gritos. Voces que salen desde megáfonos, junto con los vientos que parecen jugar y sobrepasarse unos a otros en “Plastic”. Las percusiones marcadas y los beats de “Love”. Pero también la tranquilidad y los teclados suaves de “I’m sorry” y “You Can Take”.
El riff de bajo de “Whells”, que guía toda la canción y antecede a las guitarras punzantes. Y también la excelente combinación, de ambos instrumentos, en “Whisky Eyes”. Todo como una gran orquesta totalmente fuera de lo convencional.
Para el 2016 y luego de otro viaje, en este caso por Tailandia, nace “Mini Buda”. En donde ese sonido del primer disco se afianza. Acá la banda se vuelve un poco más rockera, llevando su sonido a algo más eléctrico. Aunque manteniendo su estética intacta y hasta se podría decir que la llevan mucho más allá.
En el disco Pedro Rossi es reemplazado por Hernán Rupolo (Connor Questa) y, posteriormente a la grabación del mismo, Alan Fritzler (Exceed) reemplazaría a Cirilo y se sumaría Leo Costa (Leo Costa y Los Jureles) en bajo y teclados respectivamente.
Canciones como la que da nombre al álbum o “Slow down” son fiel reflejo de ese nuevo sonido. Pero también aparece la sonoridad del lenguaje que ya es una característica, como en “Nana nana”. La potencia demoledora de “What”, con la sección furiosa de vientos, junto con los gritos del estribillo y los teclados de “God” son algunos de los puntos fuertes del disco.
Esto es lo que quizás los hace distintos. La claridad de las composiciones. Cada canción pasa a ser una experiencia particular. Sonidos rabiosos. Energía arrolladora. Y ritmos que invitan a bailar y saltar. Recomendación: vayan a verlos en vivo cuando puedan y verifíquenlo. Y sino denle play a su reproductor musical favorito.

"Mini Buda" - Octafonic

1 de mayo de 2017

Actores frente al Mar


Cada vez es más difícil hablar de géneros. No sé si alguna vez fue fácil, o si es necesario hablar de géneros en la música. Lo cierto es, que cuando escuchamos algo nuevo y queremos compartirlo con nuestros conocidos, enseguida alguien pregunta “che, pero ¿qué tocan?, ¿Qué música hacen?”. Una cuestión que desde hace un tiempo resulta complicada de responder. Por varios motivos. Porque el artista se mueve por varios de esos “géneros”, o porque escapa a las que serían las estructuras básicas del género en cuestión.
Pero esto no es de ahora. Desde siempre, en la historia de la música, cada vez que surgía algo nuevo; gente con ganas de hacer cosas distintas, de experimentar, enseguida aparecían las etiquetas. “Este es grupo es...”, “una banda de…”.
No creo que ni los Clash, ni los Pistols y mucho menos los Ramones hayan dicho “Che ¿y si nos ponemos a tocar PUNK?”. Ni tampoco Desmond Dekker o Marley se hayan planteado empezar a tocar REGGAE. Siempre primero surgieron las bandas. Planteando ritmos, melodías y hasta letras diferentes a lo conocido hasta el momento. Y luego las etiquetas. Etiquetas que luego se volvían complicadas de sostener, porque cuando alguien planteaba algo que se corría un poco del género “tradicional” aparecían otros como “Pop-punk”, “Post-Punk”, “garaje-rock”, “skate-rock”, etc.
Es cierto, que alguien (artista/banda) pueda tomar como influencia determinados sonidos, y de hecho ocurre casi siempre en el comienzo, hasta que después encuentran su propio camino. Que puede seguir la misma línea de un principio o no.
Por eso y como dije (y para concluir así el post no queda tan largo) cada vez es más difícil hablar de géneros.
Cuando uno escucha por primera vez a Mejor Actor De Reparto enseguida queda boyando si intenta poner alguna etiqueta. Más allá de que seguramente, a la primera escucha, uno queda con la cabeza volada.
Mauro Duek en voz y guitarra, Alejo Lecuona en bajo y coros, Matías Montes en batería y Nicolás Martín en guitarra y coros, le sacaron el polvo a los cánones tradicionales del rock. Empezando en 2013 con su primer disco homónimo, entre guitarras aceleradas al frente y voces melancólicas y desgarradas.


Es notable, como los diferentes sentimientos (quizás de experiencias personales del autor), son reflejadas en las letras, y a su vez expresadas con la emoción necesaria, en canciones con ritmos frenéticos y melodías contagiosas. Temas como “Abiertamente falso”: “Tanta gente que se habla, no se conocen, no me conocen y yo, sigo riéndome, sin saber de qué” o “Tan lejos para encontrarte”: “Sueña con la primavera en otro lugar y de otra manera; y quién no, ¿a quién no le gusta entrar en otro lugar?”.
Luego de que Ramiro Colomer reemplace en batería a Matías y de la salida de Nicolás, aparecería “Humilde Frente al Mar” (2016). Un segundo disco, con sonidos más tranquilos. Y donde se observa una maduración tanto compositiva como en los sonidos.
Tranquilidad que se ve reflejada en canciones como “Caminando sin fondo” o “Yo me voy”, pero donde también aparece “6to C” (“tiene que haber otra forma de volver reciclar no tiene porque ser triste”), en donde si bien hay bases más claras, las guitarras sucias van al frente, mientras que las palabras, parecen ser escupidas por quien las canta. Una línea que se mantiene a lo largo de todo el disco.
Sonidos limpios, sin aditamentos, que permiten apreciar el mensaje de cada canción. Guitarras al frente y bases a la altura de cada canción. Emoción y sentimiento. Algo de esto se escucha cuando ponemos por primera vez Mejor Actor de Reparto y seguramente dan ganas de escucharlo una y otra vez más.

"El Oscar" - Mejor Actor De Reparto